Si Villa La Angostura fue declarada "zona de desastre" debido a las cenizas volcánicas, Tucumán podría recibir el mismo calificativo, pero en cuanto a actividad política. Una "zona de desastre" en la que la racionalidad y el decoro sucumbieron ante la fuerza de las ambiciones personales. En la que la política quedó allá abajo, pisoteada por ese colchón de polvo que se esparce y se esparce.

Dirán los opositores que el volcán que contamina tiene sede en la Casa de Gobierno. Los oficialistas replicarán que la erupción principal se dio en la casa de sus rivales. Pero basta con caminar la provincia para darse con una postal patagónica: no hay poste de luz o pared que no haya sufrido los embates de la actividad volcánica. Se excusarán en que hay una sociedad movilizada políticamente. Y que eso es positivo. ¿Será?

Cualquier tucumano que camine por Casa de Gobierno se dará con que el Palacio Gubernamental se convirtió hace tiempo en un comando de campaña. Y así en cada intendencia y en cada delegación comunal. Lo que se cuecen en las oficinas públicas son acoples o candidatos paralelos. Lo que sirve es ganar. No importa que un ministro sea candidato de la lista oficial y que arme y desarme acoples a diestra y siniestra. No hay contradicciones. Al menos bajo esta tierra cubierta de cenizas. El alperovichismo diseña una trinchera electoral a la que irán 30 partidos y sus grupos de avanzada municipales y comunales. Ese escuadrón tiene la única misión de barrer la zona de fuego político con el solo fin de que el gobernador, José Alperovich, aniquile a sus rivales en la batalla de agosto. Y hasta que no vea la bandera blanca del otro lado, el Gobierno no estará dispuesto a un alto el fuego.

Sólo así se explica que Tucumán no vaya a reglar la conducta de los funcionarios que son candidatos. La respuesta oficial es tan sincera que alarma: en ese caso, habría que cerrar durante un mes la actividad oficial. Es que si todos los funcionarios que se postulan debieran pedir licencia para hacer campaña no quedaría nadie en la Casa de Gobierno. Y no por efecto de los residuos volcánicos. Sino por las ansias de poder.

Pánico escénico

Mientras las erupciones oficialistas se repiten en cada rincón de la provincia, en la casona radical aún tratan de desempolvarse. El volcán de la interna tapó de cenizas a un partido que se autoproclama como el que polarizará la elección con el alperovichismo.

Antes de esos comicios, los popes radicales sugerían no tenerle miedo a la interna. En realidad, había que tenerle pánico a esa elección. Porque si en una contienda caprichosa -en la que sufragó apenas un 1% de los tucumanos- votaron muertos, algunos vivos lo hicieron dos veces y se inflaron urnas, según las denuncias, hubiese sido más sano que una nube de cenizas los cubra por completo. Puertas adentro de la UCR son conscientes de que costará barrer tanto residuo acumulado: despacharon de una patada a los "aliados" extrapartidarios para repartirse en soledad los cargos legislativos "salibles". No pudieron hacerlo y terminaron enroscados en una interna bochornosa: plazos que se corrieron, candidatos que se cambiaron y denuncias de fraude. Y, al igual que los oficialistas con los acoples, cada radical "armó" su listita "por las dudas no se lograba consensuar". Otra vez, la pelea por un cachito de poder.

En Villa La Angostura escasea el agua potable y no hay luz. Miles de vecinos abandonan la ciudad y desde hace días del cielo sólo caen residuos. En Tucumán, la clase política camina a oscuras hacia el 28 de agosto. Lejos de contagiar de energía, el volcán electoral amenaza con movilizar a la gente. No vaya a ser cosa que, en realidad, lo hagan para huir de las cenizas.